Nubes de polvo, otra vez

Ya sabéis de lo que hablo; fue el verano pasado. Lorca era una ciudad ardiente dentro de una nube de polvo. Cizallas, orugas y maquinaria de todo tipo cargaban escombros a toda prisa en camiones que vaciaban la ciudad.

Un año después, la imagen vuelve a la memoria: nubes de polvo, cornisas colgando, cascotes cayendo desde una altura de cinco pisos, operarios lanzando chorros de agua, armarios que aún guardan ropa y trastos que quedan al descubierto, plateras que esconden la vajilla que no pudo rescatarse…

La maquinaria embiste un edificio, el edificio Granada, en el Barrio de La Viña: 48 viviendas para otras tantas familias que a día de hoy tienen que costear ellas mismas el derribo después de que el Concorcio de Compensación de Seguros no les haya pagado esta demolición a pesar de la declaración de ruina. Lo pagan con sus ahorros, los mismos que ya no van a tener para reconstruir el edificio que hoy tiran.

“Hemos pagado durante muchos años dos seguros, el de la comunidad y cada uno el suyo propio. Ahora ha ocurrido una desgracia de la que no somos culpables. ¿Qué es lo que hemos hecho mal para esar en la calle”. Juan Antonio es uno de los afectados: cuenta que existen dos informes técnicos que avalan la declaración de ruina. Uno, encargado por los propietarios, es de septiembre de 2011. El segundo, de febrero, de los servicios técnicos del Ayuntamiento de Lorca. La orden de derribo por ruina técnica y económica es de mayo.

“Sin embargo – dice Pedro, otro de los vecinos-, el perito del Consorcio de Compensación de Seguros no admite los informes y no paga la indeminización para el derribo”. De esta forma, el Consorcio mantiene que el edificio que ahora se está derribando es reparable por lo que no está dispuesto a pagar su demolición. El tira y afloja se prevé largo, si es que no se les ha hecho ya eterno a estas 48 familias cuando se cumplen 14 meses desde los terremotos de mayo de 2011. “Ahora lo que tenemos es un solar”, se queja Juan Antonio. “Hay vecinos que están pagando la hipoteca de un edificio que ahora no tienen”.

Los chorros de agua quieren frenar una polvareda mayor de la que podría levantar el derribo. La tarde es calurosa y la humedad de la que se carga el ambiente resulta incómoda. El ritual de hace un año se repite: los curiosos rodean las vallas, observan impasibles la tarea, la carcoma del hormigón que se lleva otro edificio.

En las terrazas de los cafés cercanos, los jóvenes hacen planes para el fin de semana. Los mayores, a la sombra de su bar de siempre, siguen con su partida de dominó. Suenan las fichas por la ventana mientras algunos, asomados a la puerta, siguen con atención el derribo. No hay indiferencia en ellos. Sólo hay ya costumbre y rutina.

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